Interés General

“Una herida que no cierra” por Héctor Horacio Chávez

 

 

El 2 de abril de 1982, hace exactamente 36 años, vivía en el Chaco, donde había llegado con apenas unos pocos meses de vida, en los brazos de mi mamá. No pude disfrutarla tanto como hubiera querido, porque falleció electrocutada, cuando yo tenía 9 años. Y desde entonces, mis abuelos debieron criarme junto a 15 hermanos. Todos chiquitos, cosechábamos, juntábamos huevos y hacíamos lo que podíamos para sobrevivir a una vida de esfuerzos, pero normal. Era eso, una vida normal, hasta ese inolvidable día en que no tuve otra opción: a los 18, me tocó ingresar al servicio militar obligatorio.

 

Y ya nada volvió a ser igual. Nunca Más.

 

Al principio me enviaron a La Plata, pero luego debí sumarme al Batallón de Infantería de Marina Nº5, de Río Grande, Tierra del Fuego. Y la peor pesadilla comenzó el martes 13 de abril de 1982, sí, ¡qué martes 13! Me subieron a un avión de la Armada y aún me recuerdo, como si fuera hoy, comparando la silueta de las Islas Malvinas con aquellos mapas que usaba en la escuela, sólo un par de años atrás. Todo era tan increíble como real. Apenas aterrizamos, nos dieron la orden de ir a Monte Tumbledown (Monte Destartalado), para cavar un pozo de dos metros, utilizando una palita… Tristemente, pequeña. La verdad, no sé cómo lo hicimos, porque la temperatura era de 15° bajo cero y el suelo era una piedra. Quizá, por la desesperación o por el cagazo, pero lo terminamos e inmediatamente nos dormimos, soportando un frío terrible.

 

No pude, no puedo, no podré borrar de mi memoria la siguiente imagen que me invade: Jorge, mi primer compañero herido. Le habían partido la panza. Literalmente, perdón, no puedo describirlo. Gritamos desesperados, “¡herido en el oeste!”, “¡herido en el oeste!”. Y logramos parar la hemorragia con una cincha, mientras seguían cayendo bombas. Lo llevamos al pozo, donde logró sobrevivir. Pero a medida que pasaron los días, empecé a convivir con la muerte, ésa que asechó a decenas de jóvenes mapuches a lo largo y a lo ancho de la Guerra. Ellos fueron muy olvidados, incluso por nosotros. Y quizá por eso, no hay día que pueda cerrar los ojos, sin volver a las tumbas de los 649 caídos.

 

Por ellos, cada una de mis letras.

 

Los británicos tenían la instrucción de no tomar prisioneros, porque perdían dos soldados. ¿Y entonces? Entonces directamente te mataban, antes de llevarse tu casco como trofeo de guerra. Un par de días antes del final, cuando la suerte ya estaba echada, me apresaron junto a varios compañeros, nos desnudaron en medio de la nieve y nos hicieron caminar sobre nuestros muertos. “Ustedes pasan a ser prisioneros de la corona y van a ser tratados según convenciones internacionales”, nos dijo un gringo. Pero esas horas fueron las más tristes de mi vida. Aún hoy, representan esta herida en el corazón y en el pecho, que no cierra. A ese dolor eterno, me aferro para luchar por los Derechos Humanos, contra los CEOS y cipayos que avanzan en su campaña de desmalvinización, desde el día cero.

 

Para revertir esta historia, todo nuestro énfasis o patriotismo debe ponerse al servicio de la educación, porque todavía falta una política de Estado que nos invite a reflexionar sobre Malvinas, en cada rincón del país. Tanto es así, que ni siquiera forma parte de la currícula escolar, un burdo ejemplo de cómo intentan borrarnos la historia, esa única y valiosa arma que tenemos para defendernos como pueblo. ¡No podrán! Hoy, todavía sueño con un país más justo e integrado por las Islas, a pesar de las medidas que buscan desmovilizarnos. Y por eso, a los jóvenes, les pido que no se rindan: hay muchos como ustedes que dejaron la vida por una democracia justa, ¡aunque fuera para los otros!

 

A ellos, nos debemos todos nosotros.

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